Las personas no percibimos e interpretamos la realidad de la misma forma, cada uno tenemos unos filtros, unas “gafas” diferentes para ver el mundo que nos rodea. ¿Cuántas veces hablando con alguien tras haber compartido la misma experiencia has tenido la sensación de haber vivido algo completamente diferente?

Entre la realidad y lo que percibimos e interpretamos existen elementos como las experiencias previas, las creencias, la atención, o la propias limitaciones fisiológicas de nuestros sentidos.

Me gustaría centrarme aquí en las creencias. Las creencias son un conjunto de generalizaciones sobre nosotros mismos, sobre los demás o sobre el mundo que nos rodea, basadas en la acumulación de experiencias repetidas o en situaciones puntuales con alto impacto emocional. En principio, nos permiten simplificar nuestra vida, ya que nos facilitan vivir sin tener que analizarlo todo, son juicios que damos por válidos y que reducen el consumo de energía de nuestro cerebro. Ahora bien, ¿Qué puede suceder si doy por válido algo sin plantearme la posibilidad de que no sea verdadero?

Por poner un ejemplo, si yo tengo la creencia de que “no valgo para hablar en público”, ¿Cómo me sentiré cuando tenga que hablar en público? ¿Cómo me comportaré? y ¿Cuáles serán mis resultados más probables? Lo más seguro es que cuando vayas a hablar en público no obtengas los mejores resultados, es más, es posible que ese resultado refuerce tu propia creencia de que “no valgo para hablar en público”. Peligrosa dinámica, ¿no crees?.

Pero, ¿Cómo podemos romper esta dinámica?. Para empezar, debemos saber que existen las creencias, porque de lo contrario poco podemos hacer para ponerlas en tela de juicio. En segundo lugar, es útil tomar consciencia de las creencias que nos limitan y las que nos potencian, en función de nuestros objetivos. Por último, entender de dónde provienen esas creencias, plantearme la posibilidad de que no sean ciertas y comprender las consecuencias positivas o negativas que tienen sobre nosotros puede servir de gran ayuda.