Acostumbrados a vivir en un mundo donde parece que para todo efecto existe una causa, donde para cada pregunta hay una respuesta, donde las personas se definen por su origen, por su pasado, por su familia, por su entorno o por su propia genética, donde somos lo que somos como producto de nuestras circunstancias, ¿hay verdadero lugar para la libertad?

Pues depende. Si pensamos que somos lo que somos únicamente como producto de todo ello, es muy posible que esto se convierta en una profecía autocumplida, es decir, que se convierta en real sólo por el hecho de pensarlo.

En este sentido, lejos del paradigma tradicional del estímulo-respuesta, me gustaría defender aquí la existencia de la libertad interior del ser humano, de la posibilidad de elegir quién ser y cómo responder ante un estímulo.  Sólo así nos plantearemos la existencia de alternativas para elegir la que nos convenga. Por poner un ejemplo, ¿Tenemos la libertad de no enfadarnos si alguien nos grita? ¿Nos enfadan los demás cuando nos gritan o somos nosotros los que nos enfadamos? ¿Quién tiene el control sobre mi enfado? Porque si son los demás que controlan nuestras respuestas en función de sus comportamientos, quedamos condenados a depender emocionalmente de ellos, a pensar y sentir en función de algo que está fuera de mí.

Con esto no quiero decir que debamos dejar que los demás libremente nos griten o nos falten al respeto, sino que mi reacción pueda ser de una manera u otra, según yo determine. Por ejemplo, podré manifestar sin enfadarme que no me gusta que me griten, porque no creo que sea la mejor manera de comunicarse conmigo. Desde un punto de vista egoísta, debemos considerar que el enfado es una reacción poco recomendable, pues supone inevitablemente una merma en nuestras capacidades mentales y emocionales, que muchas veces puede durar hasta varias horas y que nos dejan prácticamente sin energía.

La realidad es que entre el estímulo y mi respuesta, está la libertad de elegir. Y para ello el ser humano dispone de algunas herramientas propias como por ejemplo la imaginación o la conciencia sobre uno mismo. Practícalo, al principio puede ser difícil, pero si lo conviertes en un hábito aprenderás a vivir mejor y a gozar de mayor libertad. Recuerda que la verdadera libertad es elegir lo que sientes en cada momento.